jueves, 12 de diciembre de 2013

Los guaches no sobreviven

En cada ciudad, incluso en esta sin nombre, perdida en medio de las montañas, la paz y la armonía eran mantenidas por el héroe local; un ser, humano o no, con habilidades que nadie más tiene en el lugar y que lo hace único e irrepetible entre sus paisanos. Esta ciudad, envuelta entre nubes grises, bañada por una intermintente lluvia, mezclada con el polvo, la tierra y el mugre del ambiente, sufría todo el tiempo, desde su fundación, el problema de tener todo el tiempo la ropa sucia. El héroe de la ciudad, un tipo alto, musculoso, con un traje verdoso, ceñido al cuerpo, pero siempre sucio, tenía el poder de ser insensible al dolor y, además, poseía una fuerza capaz de levantar una casa hecha de ladrillos sin respirar y sin sudar. Allí, en esa ciudad sucia y húmeda, nació el héroe destinado por las estrellas a la gloria, la fama, la admiración, la buena vida, a luchar contra el enemigo mayor, morir, renacer por la fuerza de su voluntad, vencer y acabar en un beso apasionado con la mujer bella y perfecta de la ciudad. Créditos finales y una música de orquesta. Trabajaba de siete a cinco, de lunes a jueves, dejando las mercancias que llegaban semanalmente a la ciudad para ser vendidas en el mercado. Los viernes y sábados, araba los campos de papas y zanahorias, propiedad de su padrino político, a las afueras de la ciudad. Los domingos, paseaba solo por la calle, mirando con anhelo las finas tortas y helados que vendían en la calle central. Llegaba a su pieza por la tarde, pasado el almuerzo, se quitaba el traje y se acostaba en el colchón mientras el sonido de las lavadoras del edificio ronroneaban hasta hacerlo dormir. Sus veintisiete años, la mitad de ellos los había pasado formándose como un héroe justo y valiente, habían llegado lentos y mortificantes; veintisiete años sufriendo diariamente con el enemigo eterno, atacante de todo lo puro y representación más tangible de la maldad: el mugre. Quién se iba a imaginar que en la única, o quizá no, ciudad a la que no llegaban los dinosaurios gigantes mutantes, los robots alienígenas, los científicos locos o los homicidas despiadados, quién diría, quién diría, que nacería un héroe con el poder para detenerlos pero sin la necesidad de ello. Desde una perspectiva así, él ya había perdido la batalla decisiva de su historia. El tren sonó con su típico pitido, y de él bajaron miles de cientos de personas, buscando unas sus maletas, otras buscando a quien las recogería, otras yendo decidídas a la salida para luego tomar un taxi. Luego de un rato, ya la estación vacía solo contenía dentro a un grupo de gente disperso y distante; uno de ellos, traje roto y desecho, sonrisa en el rostro, cabello hacia atrás, bigote largo y delgado...avanzó, midiendo cada uno de sus pasos, y, antes de salir hacia la lluvia de la calle, con un aplauso y un meneo de la cabeza, sacó el mugre, secó y planchó la ropa, todavía puesta, del guarda de la estación. Todos se congregaron alrededor de aquel puesto, de letrero grande y vistoso que colocó el extraño bigotudo: ‹La maravilla del sabio de Macedonia, el último de los judíos de Amsterdam, el más fabuloso de los nasciancenos: Martín Guaché›. Con un espectáculo digno de un circo, Martín bailaba aplaudiendo y meneando la cabeza frente a jovencitas de bellos pechos, ancianos con trajes elegantes y oficiales de la ley, aunque a veces incluía a uno que otro individuo de la prole. Cada vez que aplaudía y zarandeaba su cabeza, la suciedad, el agua y las arrugas desaparecían de la ropa de la gente. Por fin, después de mucho tiempo, dinero gastados en buscar la forma de mantenerse presentables a cada instante, los habitantes de aquella ciudad lloraban al ver en tal estado de pulcritud a los que le daban una moneda de mil, o un billete de dos mil dependiendo del tiempo que quisieran que durara el efecto, al extraño danzarín de la limpieza. Había llegado el héroe que esta ciudad tanto, tanto, había necesitado. Pasaron los días, las semanas y los meses, y lo que antes fue un evento callejero, ahora era un pequeño local, donde por un pago semanal (o diario si solo eso se podía) podían mantener sus ropas limpias y ordenadas mientras andaban por el clima pesado de la ciudad. Poco a poco, lo que antes fue algo que sufrían todos por igual y que los hacía iguales ante los ojos del ambiente, ahora era algo que solo debían soportar los que no pudieran, o no quisieran, porque siempre hay un viejo desadaptado al que no le gusta el cambio, pagar el 'impuesto a la limpieza', como ya habían apodado al pago por los servicios de Martín Guaché. Antes, estar sucios y desarreglados, por más que las madres se esforzaran por limpiar a sus hijos, era lo normal, casi que una regla inquebrantable. Ahora, una oleada de discriminación social invadió la mente de los ciudadanos y aquel que no estuviera limpio era considerado como lo más bajo de la sociedad moderna, civilizada, culta, intelectual y, por sobre todo, higiénica y pulcra. Llegó a tal punto todo eso que se comenzó a impedir la entrada a ciertos lugares cuando el estado de la ropa no era el mejor y el más limpio. Eran felices, eso se debe decir, los que tenían dinero para pagarle a Martín Guaché. Pero el descontento iba creciendo, y ahora el único problema de los pobres no era lidiar con el mugre, sino lidiar con los que los rechazaban por andar sucios, porque les pagaran menos que a los limpios, porque no tenían dinero para estar limpios, porque ya no les vendían alimentos a los sucios y un juego a nivel de ciudad entre limpios y sucios. Entre toda esta situación, que llegó de imprevisto y para la que nadie estaría preparado, no había quién hiciera algo para remediar esto, pues los que podían hacerlo eran lo que estaban limpios y ellos no se iban a preocupar por lo que le pasara a alguien sucio y mugriento. Nadie. Nadie. Nadie. -Yo sí. Ah, verdad, perdónenme ustedes, olvidaba que había un alguien, vestido en un traje verde y sucio, que podía remediar tal situación. Se había preparado toda la vida para ese momento. Por fin, llegaba un enemigo al que combatir, que era tangible, que era capaz de derrotar, que existía, que no era mugre. El héroe, el primero, levantó la cabeza de su colchón y se levantó, con una expresión decidida, lo había soñado como en una revelación divina, esta era su oportunidad de ganarse lo que merecía. Se colocó su traje, se calzó unas botas y salió atravezando la pared de su cuarto que daba hacia la calle. Caminó con pasos firmes, intrépido, mientras la gente lo miraba, extrados. Después de unos cuantos minutos, quizá una hora, llegó al edificio enorme que había construido al tiempo de llegar, Martín Guaché. Entró, a la fuerza, pues para entrar a ese edificio se debía estar limpio, aunque allí fuese donde se debía ir a pagar el impuesto a la limpieza. Pasó sobre un par de guardas de seguridad, que dispararon al cuerpo del gigante sin hacerle, al parecer, nada. Subió los veinte pisos, dejando en cada uno de ellos un rastro de destrucción incomparable, hasta llegar al último de ellos. -Límpieme esta, Guache. -¡¡Ayuda!! Los restos y la sangre estaban esparcidos por las paredes y la alfombra, la silla giratoria de cuero donde minutos antes había estado sentado el Señor Martín Guaché ahora era una pila de basura sin forma. Nuestro héroe de verde había destruido el gran ventanal que tenía la oficina del otro y gritaba a pleno pulmón su proclama de libertad y el acto que acababa de efectuar, había librado a la ciudad del peor mal que la había azotado. Sirenas. -¡Jonatan Sanchez, quédese donde está. Está arrestado por el asesinato de Martín Guaché! Un grupo de policías le apuntaban con sus armas mientras él los miraba entre aterrado y confuso. Decidió colaborar con la justicia e ir sin colocar problemas. Igual, todo debía ser un malentendido. Desde la cárcel, Jonatan miraba el desfile televisado en honor a Martín Guaché, héroe de la ciudad. La ciudad había mandado construir una estatua en bronce para la plaza principal. La comunidad católica lo beatifico y uno de los días del mes de mayo estaría bajo su cuidado desde el cielo. Se le colocaron todos los títulos y condecoraciones que pudieron inventar y, para colmar todo, doscientoveinte niños, y algunas niñas también, fueron registrados y bautizados bajo el nombre de Martín Guaché.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Segor

Das...das...das...Camina. Das...das...das...Camina. El polvo tiembla ante cada paso, lento, lento. Camina. Un camino largo y un calor exagerado, un calor de un sol cubierto por nubes densas que no permiten el paso de la luz. Camina. Ruge a lo lejos la máquina potente, a la espera, siempre a la espera, del motivo de su nacimiento. No camina. Camina. La tenue capa de aire oscura inhibe la visibilidad, dejando a tientas a quien anda por sus terrenos. Camina. No se oye más que el constante burrún burrún, hostigado por la antigüedad, la condición más normal en la nueva era, y la única posible; se escucha, además, el insesante viento recogedor de tierra. Vuela. La sombra que está debajo se mueve irregular mientras avanza hacia el lugar ordenado. Jadea. Tres meses que son segundos frente a los que siguen. Arriba. Su~, agarra su sombrero y cubre su cara con la capa, la tierra vuela, peligro. Gira. El camino va de horizonte a horizonte, siempre recto, siempre igual. Camina. La máquina quieta, en su lugar, pero siempre constante, temblando hasta su muerte. Tiembla. La noche solo se conoce por su temperatura, la luz sigue igual, el viento sigue igual, todos siguen igual. Camina. Mira. Quieto. Las nubes se abren, el viento cesa. Camina. Camina. Camina camina camina camina camina camina camina camina camina. Un zumbido se escucha, fuerte, penetrante, tenebroso. Camina. Nada peor. Devolverse o continuar, ambas igual de calamitosas. Gira. El camino es largo, pero se acerca a casa. Avanza. Acomoda su equipaje bajo el cuero que lo cubre y lo afirma contra su cuerpo. Camina. No hay precio para lo que carga, su única utilidad es mantener lo que siempre ha sido igual, se rige absoluto por un orden preciso en las acciones, no se atreven a cambiar. Camina. El zumbido vuelve, no hay mucho por hacer; está en medio de la nada, está en medio del continuo movimiento estático que es la realidad. Se deteniene. Extraño es ver caminar por el campo la voluntad del vivo; ya no hay nada que respire. Avanza. El zumbido se hace más fuerte y se combina con la constante vibración de la máquina lejana; lejana, olvidada, inmortal. Camina. El viento vuelve a revolotear, llevándose todo lo que no tiene firmeza y es volátil. Suspira. Detenerse no es más una opción, es resignarse, es tener la decisión de no seguir. Camina. Lejos, lejos, lejos, poco a poco se ve una silueta deformada por el tiempo, silueta inmóvil que declara que allí está, que siempre estará; su lugar, su historia. Jadea. El agujero en el cielo no deja a la luz encontrar un camino, está bloqueado por el cúmulo de motivos del mundo. Agarra. Sus manos están temblorosas, en un irregular movimiento contra su propia razón, no hay forma de controlarlas, móviles y salvajes. Cae. Ahora, sus piernas, el impulso de un futuro previsto. Tiembla. Su cuerpo no responde; los sentidos, lo único que funciona. Levantarse. Esfuerzo es lo único que se puede tener en lo hostil del campo abierto. Jadea. Ruido feroz viene desde el cielo, ya todo está explicado, no es sobrenatural, es solo el destino. Se detiene. Apoyado con sus manos, alza la mirada y recorre los grumos celestes en busca de un apoyo. Recostado. Poco a poco se van viendo las profecías modernas y solo resta pensar el final y preguntarse sobre lo siguiente. Mira. Gira su cuerpo, con el pecho hacia las alturas y toma con fuerza su paquete. Abraza. No iba a suceder nada; el cambio no venía con él, el cambio venía desde algo más fuerte, más poderoso, más grande, más siniestro; el cambio viene del cielo. Jadea. Abre su contenido y las hojas pardas llenas de garabatos para el ignorante mensajero comienzan a moverse al ritmo de un viento que le grita qué hacer. Levantarse, caminar, huir. Tiene en cuenta su vida, no hay más allá que su ciudad, silenciosa y eterna. Parpadea. Por una acción todo se acaba; se siente culpable por no ver todo con resignación y por desentenderse de la realidad. Llora. Abre los ojos y mira cómo la luz se ha vuelto más fuerte, más potente, al igual que la enorme estrella que la produce. Se levanta. La perdición está a la vista de todos sus compatriotas; nadie lo recriminará pues nadie sabrá de él ni de su final. Camina. Su camino ya no es el mismo, las montañas se ven adelante y poco a poco la luz vuelve a su habitual espectro. Corre. Su cuerpo vuelve a funcionar en plenitud y no hay qué lo detenga; quiere girar y ver la culminación de un pueblo, su máximo logro. Huye. El polvo viene por su espalda llevado por la furiosa corriente de aire que produce un objeto al caer contra el suelo. Escucha. El sonido no tardó, ensordeciendolo, dejándolo en un silencio diferente, una saturación de sí mismo. Gira. Fuego, rocas y polvo. Avanza. Adelante dirán lo sucedido, pero no estará para escucharlo, su final está en medio de ese campo de tierra eterna. Avanza. Las montañas se mantienen quietas, inmóviles, para siempre en el mismo lugar, pero que a cada paso se alejan a mayor distancia. Gira. Al final, su lugar no estaba muy lejos. Duda. Ya no hay nada, fue la decisión correcta, morir como cobarde nadie podría decírselo, pues nadie se acordará de él. Cae. La máquina se escucha a lo lejos, impasible a lo que sucede a su alrededor. Pestañea. Cierra sus ojos y se dedica a escuchar el sonido sinfín que extendió la hora de su muerte. Esculca. Deja volar los papeles de su bolsa y los oye volar en un aleteo inquieto; un fuego enorme se acerca y los carboniza en segundos. Duerme.